
En cada altar, los elementos se eligen con un sentido particular. La fotografía del difunto ocupa el centro, acompañada por un mantel blanco que simboliza la pureza. La sal se utiliza para purificar el espacio y el agua se ofrece para calmar la sed de las almas que regresan del más allá. Las velas se encienden para iluminar el camino de regreso a casa y el copal, una resina aromática, purifica el ambiente y aleja los malos espíritus.
La comida es otro componente esencial. Se preparan los platillos y bebidas favoritas del difunto —tamales, atole, café, mole— como gesto de bienvenida. Entre ellos, el pan de muerto destaca por su simbolismo: su forma circular representa el ciclo de la vida y la muerte, y los pequeños huesos en su superficie marcan los puntos cardinales.
El altar se adorna con flores de cempasúchil, que por su color y aroma guían a las almas hasta el hogar. Su presencia es tan poderosa que en muchos pueblos se trazan caminos con sus pétalos, una alfombra dorada que conecta la puerta con el altar. También se suma el papel picado, que representa el aire y aporta movimiento y alegría a la ofrenda.
Más allá del colorido y la estética, cada detalle cumple una función espiritual. Las ofrendas son un reflejo de la cosmovisión mexicana, donde la muerte no significa ausencia, sino transformación. En los últimos años, este ritual ancestral se ha convertido también en una poderosa herramienta para el turismo cultural. Los viajeros que visitan México durante estas fechas no solo observan una tradición: participan de una experiencia que combina historia, arte, memoria y emoción.
Para destinos y operadores turísticos, el Día de Muertos ofrece una oportunidad única de mostrar la esencia de la cultura mexicana. Las ofrendas no son simples decoraciones, sino una expresión de identidad viva que conecta a los visitantes con una de las celebraciones más emblemáticas del país.
