
En ese escenario, la lucha contra el “boom” turístico ya no se centró solo en la cantidad de arribos, sino en el comportamiento del destino frente al viajero. La saturación generó climas de hostilidad en ciertas regiones, lo que forzó a los gobiernos a intervenir para garantizar que la experiencia turística no derivara en situaciones de estrés constante, protegiendo así la calidad del servicio y la vida cotidiana de los residentes.
Con esto, la isla de Capri, en Italia, decidió endurecer el control sobre el comportamiento comercial. La nueva ordenanza prohibió de forma absoluta que operadores, propietarios de agencias y empleados realizaran actividades de captación de clientes mediante métodos “intrusivos e insistentes” en la vía pública. Esta medida eliminó el acoso que sufrían los turistas, quienes enfrentaban ofertas repetidas de excursiones y menús desde el momento en que desembarcaron.
EL FIN DEL ACOSO COMERCIAL EN ITALIA
Paolo Falco, alcalde de la isla y fiel defensor de una gestión turística más refinada, señaló que esa insistencia provocó una “sensación desagradable” que dañó la percepción internacional del destino. Según sus declaraciones, las autoridades no aceptaron promociones que carecieran de la gracia y la elegancia correspondientes a la región. La normativa exige que los turistas se desplacen con tranquilidad, sin interceptaciones por publicidad callejera, folletos o mapas entregados de manera compulsiva.
Las sanciones para quienes incumplieron esta norma alcanzaron valores significativos. Los dueños de negocios enfrentaron multas administrativas que oscilaron entre los 26 y los 530 dólares. Esta regulación refuerza otras restricciones vigentes para este verano, como la limitación del tamaño de los grupos guiados y la prohibición del uso de megáfonos, lo que marcó una postura firme frente a los 50.000 visitantes diarios que recibió la isla en temporada alta.
