
Quienes trabajamos hace muchos años con el fin de lograr una mayor inclusión sabemos que la accesibilidad —pensada no como un elemento aislado, sino como un sistema— es una herramienta fundamental para garantizar los derechos humanos. Sin embargo, vemos con frecuencia un patrón que se repite y atenta contra ello: el sistema turístico celebra la inclusión, pero no construye sus pilares. A menudo se utilizan palabras dulces que, en la realidad, terminan siendo como fuegos artificiales: hacen mucho ruido al principio, pero se desvanecen rápidamente sin resultados a largo plazo.
Se habla de innovación, de inteligencia turística, de IA y de sostenibilidad. Pero no se habla de la urgencia de intervenir en la accesibilidad. ¿Quién convierte esa urgencia en respuesta cuando no existen planes estratégicos ni hojas de ruta alineadas a objetivos claros?
Es imposible sostener discursos “modernos” cuando la realidad muestra:
* Presupuestos inexistentes para la mejora de infraestructura.
* Recursos humanos sin formación técnica en turismo accesible.
* Falta de liderazgo para ejecutar iniciativas inclusivas.
* Proyectos estancados en lo conceptual; una brecha enorme entre el decir y el hacer.
Los derechos de las personas con discapacidad penden de un hilo, sujetos al voluntarismo o a la escasa empatía del funcionario de turno. Cuando la accesibilidad no se integra en el núcleo de las decisiones, se posterga la calidad y se vulneran derechos. Y cuando se vulneran derechos, se debilita la garantía constitucional.
Un claro ejemplo es la Ley Nacional 26.378, que tiene jerarquía constitucional. Su artículo 9 es taxativo sobre la gestión de la accesibilidad y el artículo 30 establece la obligatoriedad del Estado en garantizar que el turismo sea accesible. Por ende, el incumplimiento de estas normativas podría derivar en denuncias por mal desempeño de la función pública.
La paradoja es evidente: proclamamos derechos humanos mientras su ejercicio depende de decisiones discrecionales. La inclusión no puede sostenerse en marketing o romanticismo. Basta de expresiones de deseo que carecen de acciones concretas. La accesibilidad no es una “buena práctica”, es un derecho; y las garantías no se aplauden, se cumplen.
En estos tiempos de palabras de moda como sostenibilidad e inteligencia turística, debemos hacer que lo invisible sea tangible. Porque mejor que decir es hacer. En el hacer coherente construimos un turismo verdaderamente para todos.
